Su historia
Una vida dedicada al waterpolo
Su historia con el deporte comenzó en el agua, como nadador. Desde muy joven se destacó a nivel local y sudamericano, construyendo allí las primeras bases de una trayectoria que, con el tiempo, lo convertiría en una figura fundamental del waterpolo argentino.
Fue de la mano de Pedro Giordano que dio sus primeros pasos en el waterpolo, defendiendo los colores del Club Gimnasia y Esgrima de Rosario. Como jugador llevó el gorro número 4 y ocupó habitualmente la posición de defensa de boya, dejando en cada partido una muestra de carácter, compromiso y pasión por el juego.
Pero mientras cursaba sus estudios de Medicina, algo empezaba a quedar cada vez más claro. Entre libros y apuntes, encontraba tiempo para dibujar jugadas, especialmente situaciones de hombre de más. Aquellos esquemas trazados en los márgenes de sus libros parecían anticipar su verdadero destino. Porque, aunque estaba estudiando para ser médico, su vocación también estaba en el borde de una pileta.
Luego de su etapa como jugador, continuó ligado al deporte desde otro lugar: el de entrenador. Y allí encontró una nueva manera de transformar y acompañar generaciones. Se convirtió en un obsesivo del entrenamiento físico, convencido de que la preparación, la constancia y el esfuerzo eran parte indispensable del camino para crecer.
Dirigió al primer equipo de GER y también al Seleccionado Argentino, pero fue especialmente en el Seleccionado Argentino Sub 20 donde su figura dejó una huella profunda. Allí no solo entrenó jugadores: acompañó procesos, formó personas y marcó la vida de múltiples generaciones.
Su mirada tenía algo especial. Sabía reconocer diamantes en bruto, incluso cuando todavía nadie más podía ver su potencial. Muchos de aquellos jóvenes terminaron convirtiéndose en protagonistas de la historia del waterpolo argentino, tanto a nivel nacional como internacional. Pero su generosidad nunca estuvo condicionada por el talento, el resultado o el club al que perteneciera cada jugador.
Para él, todos merecían una oportunidad.
Por eso brindó desinteresadamente recursos, equipamiento, viajes y todo aquello que estuviera a su alcance para que un jugador pudiera seguir adelante. Su compromiso trascendía la función de entrenador. También fue dirigente, colaborador permanente y, muchas veces, el hincha número uno del waterpolo.
Su manera de entender el deporte estuvo siempre atravesada por valores que transmitió con el ejemplo: la constancia, la dedicación, la humildad y, sobre todo, la pasión. Porque para él, el waterpolo nunca fue solamente un deporte. Fue una forma de construir vínculos, de abrir puertas, de acompañar sueños y de dejar algo en los demás.
Su legado no se mide solamente en títulos, partidos o jugadores dirigidos. Se encuentra en cada generación que ayudó a crecer, en cada talento al que le tendió una mano, en cada viaje que hizo posible y en cada persona que aprendió de él dentro y fuera del agua.
Porque hay personas que forman equipos, y hay otras que forman generaciones.
Su historia pertenece a todos los que alguna vez compartieron una pileta con él. Trasciende clubes, colores y épocas. Y permanece viva en cada jugador que entendió que el esfuerzo vale la pena, que siempre hay que tender una mano y que el verdadero éxito también consiste en ayudar a otros a llegar.
Por eso, su legado es eterno.
“¡Vamos nadando fuerte y volvemos a morir!”
Testimonios
Lo que dejó en la gente
Galería
Una vida al borde del agua
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Trayectoria
Los años, como boyas en la soga
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